April 10, 2009

Una camisa limpia

Tras leer lo primero que dice el documento de entrada a Arabia Saudí que te entregan en el avión, "WARNING: DEATH FOR DRUG TRAFFICKER", me decidí a llevarme bien con su Ministerio del Interior  y a tratar de adaptarme a las costumbres locales: no pedir bebidas alcohólicas, no mirar a las mujeres a los ojos y "salam malecum - malecum salam".

Fui a Doha (Qatar) a presentar un proyecto a inversores árabes y regresé con la sensación de que el Planeta Tierra es mucho más diverso de lo que puedas imaginar.

En una de esas reuniones, nos pasaron a un despacho grande y nos sentaron en unos sillones de recibir visitas. Nos ofrecieron té, y mientras lo traían, de repente, se levantó tras la mesa el árabe, que estaba postrado en una alfombra, rezando en dirección a La Meca. Como si tal cosa, se sentó entre nosotros mientras se ponía los zapatos y sacó una especie de rosario, cuyas cuentas recorrió a toda velocidad, lanzando automáticamente plegarias al cielo, mientras le exponíamos los pormenores del proyecto, pellizcándonos para no manisfestar nuestra sorpresa y que nos llevasen directamente a prisión. Un destino del que preferíamos prescindir en nuestro plan de visitas...

Hasta que conocí a Abdelqader (en la imagen, entre Nicasio y yo), que a día de hoy tiene 23 mujeres y 139 hijos, para mi la poligamia era un concepto abstracto. 

- ¿Te sabes los nombre de todos tus hijos?
- No. Pero ellos me llaman Papi y yo les digo "dime, hijo".

La uniformidad en el vestir, tanto de hombres como de mujeres, no es tan llamativa como la presencia de tiendas de marcas internacionales de lujo, cuyas prendas asumo que las mujeres visten bajo sus túnicas y velos negros. Lo que me lleva a pensar que es posible disociar el sentirse bien por ir bien vestido, del sentirse socialmente aceptado por ir a la moda.

Las cuatro torres que han plantado al norte de la Castellana en Madrid son una broma ante semejante despliegue de hormigón armado.


Este es el "Puerto Banús" de Doha, actualmente en proceso de construcción. Y yo me pregunto qué atractivo le ven los ricos a amontonarse en sitios masificados durante las vacaciones... 

(...) 

Nada más aterrizar en Madrid, mi amigo Diego Fontán Zubizarreta me llevó a cenar a Txirimiri, "el mejor bar de tapas de Madrid". Al poco de llegar, entró una familia francesa con una guía turística en la mano, que dudó en el umbral de la puerta si un bar de aspecto tan poco sofisticado podía servir "las mejores tapas de madrid". Pero sus dudas -y las mías- se esfumaron al probar el primer montadito de fua y constatar cómo, en pocos minutos, se llenó el bar de gente joven de la que huele a perfume caro.

Al salir nos detuvimos en un escaparate de coches de lujo, y un joven de aspecto desaliñado se detuvo junto a nosotros y dijo: "Parece mentira que haya quienes se compren estos coches mientras en mi país se muere la gente de hambre".

- ¿De dónde eres?
- De Guinea.
A Diego le suena el móvil y se aleja unos metros.
- Yo me llamo Alvaro, ¿y tú?
- Magín. 
Y me choca la palma de la mano y también el puño, en un gesto de complicidad africana.
- ¿Cuánto tiempo llevas en España?
- Dos años. Vine con unos amigos a estudiar Filología Hispánica. 
- Qué bueno. Hablas muy bien castellano.
Magín me sostiene la mirada unos segundos.
- Nosotros somos pobres, ya ves (señalando a su ropa), pero tenemos el alma grande.
- Me alegro de conocerte, Magín. Te deseo buena suerte.
Volvió a chocarme la palma de la mano y despareció en la penumbra.

(...)

Ayer recorrí Madrid en bici y aproveché para darle vueltas a los sucesos de los últimos días, agitándolos como en una coctelera. Y llegué a la conclusión de que no nos hace falta tanto. Que en realidad nos basta con pasear en buena compañía y con una camisa limpia. Y el sol en la espalda.