October 18, 2010

Break the rules and you go to prison. Break the prison rules and you go to Alcatraz.

Éste era uno de los primeros mensajes que los convictos se encontraban en negro sobre blanco al desembarcar en la legendaria isla de la bahía de San Francisco. Y cuando un mensaje es claro, lo entiende cualquiera, desde el líder de una organización mafiosa hasta un asesino ocasional.



Tal vez, en términos de reinserción, hubiese resultado más útil difundir esta frase en el resto de las prisiones federales del país, con el fin de inspirar un comportamiento pacífico entre los presos. Pero no hay duda de que también desempeñó una función crítica en su versión de mensaje de bienvenida a los nuevos inquilinos de la “Roca”: advertirles de que les esperaban nuevas reglas disciplinarias, presumiblemente más estrictas. Como la que expresa el apartado número cinco del reglamento interno que se entregaba a los reclusos: “You are entitled to food, clothing, shelter and medical atenttion, anything else that you get is a privilege”.

En la madrugada del 11 de junio de 1962, Frank Morris y los hermanos John y Clarence Anglin lograron escapar de Alcatraz. No fueron los únicos convictos en intentarlo: uno se escapó disfrazado en el barco de la lavandería, pero fue descubierto al llegar a San Francisco; y otro se atrevió a cruzar la bahía a nado, pero las aguas gélidas y la casi imbatible corriente lo dejaron en tal estado de debilidad e hipotermia que murió poco después de ser encontrado por la policía en las cercanías del Golden Gate.



Ser capturado tras un intento de escapada no resultaba muy alentador: automáticamente, se sumaban tres años a la condena, se pasaban unas semanas de reflexión en la celda oscura, y había que arrastrar una brutal bola de acero atada al tobillo durante tres meses.

Pero el deseo de escapar era tan obsesivo, que llevó a estos prisioneros a diseñar un plan más que ambicioso, escapar de Alcatraz, y a implementarlo con un memorable espíritu de colaboración, superando una colección de dificultades y bajo una tensión capaz de romper los nervios al psicópata más sanguinario.

Frank, John, Clarence y Allen (quien finalmente no pudo unirse al resto del equipo el día de la fuga) sabían que no podrían escapar solos. Se necesitaban unos a otros, dada la complejidad de la estrategia:

En primer lugar, agujerear el hormigón de sus celdas con cucharas y cortauñas y disimular los agujeros en torno a los respiraderos con una falsa pared de cartón. En segundo lugar, fabricar cuatro cabezas de tamaño natural con aspecto humano (usando papel, restos de pasta extraídos de sus raciones de comida y pelo procedente de la peluquería de la prisión) para burlar a los guardias en el recuento nocturno de presos. En tercer lugar, tras salir de sus celdas por los agujeros que hicieron, trepar hasta la azotea de la cárcel y bajar por las tuberías sin ser advertidos por los vigilantes.



Y finalmente, después de superar varias cercas metálicas muy altas, dejar la isla de Alcatraz en una balsa que ellos mismos construyeron (y que hincharon con un acordeón y un sistema de válvula hecha con una pelota de ping pong en una botella), afrontando tres dificultades de vida o muerte: la temperatura del agua, la presencia de tiburones y las fuertes corrientes.

A la mañana siguiente, las fuerzas de seguridad investigaron los hechos, con la colaboración forzada de Allen West, quien -posiblemente paralizado por el miedo- no logró llegar al punto de encuentro con los otros tres reclusos y huir.

El FBI llevó a cabo una de las más grandes búsquedas de su historia por los alrededores de la prisión, y en especial en la bahía de San Francisco. En la cercana isla del Ángel, fue hallado una especie de bolso hecho de impermeable, que contenía objetos personales de los hermanos Anglin. Aunque todos pensaban que habían ido en dirección a San Francisco, se cree que se dirigieron a esta isla, ya que las corrientes marinas llevaban hacia ella. Las autoridades concluyeron que los reclusos murieron ahogados, aunque sus cuerpos nunca fueron hallados. La prisión de Alcatraz fue cerrada menos de un año después.

Frank Morris y los hermanos John y Clarence Anglin lograron escapar de Alcatraz por tres motivos clave: tenían un objetivo común muy claro –huir de Alcatraz-, diseñaron una estrategia que afinaba hasta los más pequeños detalles, y establecieron un esquema memorable de colaboración.

Muchos empresarios y directivos afrontan hoy un desafío de semejante magnitud: se juegan la supervivencia de sus empresas en lograr abordar un rediseño de su modelo de negocio que les permita escapar de la fórmula que les llevó al éxito en el pasado -y que paradójicamente ahora les recluye-, liderando una transformación empresarial que inspire a su equipo a colaborar tanto en el diseño como en la implementación de una estrategia de futuro prometedora.

Pero, ¿se puede abordar una transformación con el mismo modelo de organización, las mismas habilidades directivas y el mismo liderazgo que requiere la gestión de modelos de negocio en mercados crecientes y estables?

La experiencia demuestra la dificultad de que el talento del equipo se alinee en torno a estrategias diseñadas exclusivamente por la alta dirección, encerrada en su “torre de marfil”, y sin contar con las aportaciones de los profesionales con los que supuestamente debería colaborar.

La ciencia del management, a lo largo de su historia, no ha prestado particular atención a la colaboración. Y quizá no ha sido muy necesario, ya que en los mercados razonablemente estables y crecientes, tiene sentido que las prioridades estratégicas se centren en la eficiencia, la implementación, el control de costes, la ingeniería financiera, la comercialización o el crecimiento.

Pero actualmente estamos en un momento de la historia en el que la inestabilidad se ha convertido en la base sobre la que construir, debido a que hay una colección de avances tecnológicos, de modificaciones en la regulación y de nuevos comportamientos por parte de la demanda que están cambiando dramáticamente las reglas del juego y arrollando a las organizaciones que no tienen la capacidad de responder. Palabra que curiosamente comparte raíz etimológica con el término “responsabilidad”.

En este sentido, se podría decir que, en el contexto actual, la responsabilidad de los directivos y empresarios se mide por su capacidad de responder a nuevas preguntas con nuevas respuestas.

Posiblemente, una parte sustancial de la respuesta está en la capacidad de crear organizaciones menos jerarquizadas, con organigramas más planos, con una cultura de colaboración anclada en procesos transversales que rompan la tendencia al aislamiento entre las distintas áreas, y con un liderazgo que despliegue el talento de cada persona del equipo.

Este modelo colaborativo no es una quimera, sino una realidad que ya está impactando el mercado. Hay numerosas empresas que están usando inteligentemente la tecnología para desarrollar nuevos sistemas de trabajo colaborativo. Desde gigantes como Google -en donde se montan y se desmontan con agilidad equipos de trabajo pequeños y autónomos-, hasta pymes como Gotryiton, una firma norteamericana de moda cuya página web logra un excepcional volumen de participación entre sus clientes, quienes opinan sobre el estilo del resto de los clientes a partir de las fotos que publican con sus combinaciones de ropa. Gotryiton supera con este modelo los límites de su propio equipo y logra que la colaboración alcance hasta sus clientes.

La colaboración no es un descubrimiento nuevo. Es simplemente una capacidad que ahora resulta particularmente necesaria, debido a que la estrategia que el mercado está pidiendo a la mayoría de los sectores es la innovación. Y se podría afirmar que actualmente la principal diferencia entre las empresas que "hablan de innovación" y las que "innovan de verdad" es la cultura de colaboración expresada en procesos transversales que despliegan el talento del propio equipo para lograr objetivos tan ambiciosos como… escapar de Alcatraz.

(...)

Si quieres una metáfora musical de colaboración, escucha la siguiente versión de "Everything she does is magic". Este tema forma parte de Symphonicities, el nuevo trabajo de Sting, en el que ha reinterpretado sus grandes éxitos con la Royal Philharmonic Concert Orchestra.



El propio Sting explica Symphonicities en el siguiente vídeo: